Este 2 de septiembre, el más reciente brote de ébola en la República Democrática del Congo (RDC), que en poco más de tres meses ya se ha convertido en el más mortal de la historia del país, superó el umbral de las 3.000 víctimas y no da señales de desacelerar.
Según los datos del Ministerio de Salud local, la epidemia, causada por la rara variante Bundibugyo y que afecta a seis provincias congoleñas, ha registrado 6.186 casos confirmados, incluyendo 3.007 muertes, desde que fue declarada el pasado 15 de mayo en el este del país africano.
Y se teme que las cifras reales sean hasta tres veces mayor, según las estimaciones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África (CDC), que han sugerido que las deficiencias en la vigilancia y el rastreo de contactos pueden repercutir en una subidentificación de casos.
Así y todo, es ya el segundo brote de ébola más letal de la historia, solo detrás del registrado entre 2014 y 2016 en África Occidental, que causó más de 11.000 fallecimientos y 28.600 casos en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Aunque, en comparación, la epidemia actual muestra un ritmo de contagios inédito.
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En las últimas semanas, las autoridades han observado un aumento repentino de las infecciones, con dos nuevas zonas sanitarias afectadas la semana pasada en Kivu del Norte, región en la que la tasa de mortalidad es mucho mayor que en el resto de las zonas castigadas.
En la provincia de Ituri, epicentro de la ola actual, residentes aseguran que no se observa personal sanitario suficiente y que la rutina habitual se ve gravemente afectada.
Papy Baraka, conductor de transporte público en Bunia, explicó a la agencia AP que ha tenido que reducir el número de pasajeros que lleva en su vehículo. «La enfermedad nos pone a todos en riesgo y la vida cotidiana se ha ralentizado enormemente. Tenemos miedo», afirmó.
Según los expertos, la enfermedad se ha propagado rápidamente por diversas razones, entre ellas el conflicto en la región oriental del país –donde se concentra el brote–, las malas condiciones laborales (que motivaron huelgas) y los ataques contra el personal sanitario, el constante desplazamiento de los mineros y la infraestructura sanitaria deficiente.
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Dificultades para identificar las cadenas de contagio
El martes, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. (CDC) advirtieron que los esfuerzos para contener el virus «se han mantenido por debajo de los objetivos de respuesta establecidos», con muchas zonas a merced de una «expansión descontrolada».
Además, alertaron que la mayoría de los casos «se producen fuera de las cadenas de transmisión conocidas», teniendo en cuenta que solo entre el 15 y el 20% de los casos identificados provienen de los contactos sabidos.
Esas conclusiones fueron replicadas este miércoles por el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien subrayó que «hasta que se encuentren y se rompan todas las cadenas, la epidemia continuará y seguirá representando una amenaza para la RDC, sus países vecinos y la región en su conjunto».
En declaraciones a la prensa en Ginebra, el médico etíope señaló que muchos fallecimientos ocurrieron entre personas que no figuraban en la lista de contactos conocidos, lo que «significa que existen cadenas de transmisión que desconocemos».
Asimismo, añadió que muchas de las víctimas siguen siendo enterradas de forma insegura, lo que contribuye a la propagación del virus.
En este contexto, instó a la comunidad internacional a aumentar y acelerar la financiación del plan de respuesta al ébola, para el que el gobierno congoleño solicita 1.300 millones de dólares.
«Sabemos que hacemos esta solicitud en un momento en que la financiación para la asistencia humanitaria se ha reducido. Pero, como sabemos por brotes anteriores de ébola, podemos controlar esta epidemia si nos lo proponemos», insistió.
En particular, Tedros expresó que el caso de Uganda –donde el brote que se había propagado desde RDC fue declarado terminado el pasado 26 de agosto– «da esperanzas», aunque aclaró que «la pregunta es cuán rápido podemos hacer lo mismo en la RDC, cuántas vidas se perderán antes de que lo hagamos».
Refiriéndose a las necesidades, el jefe de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), Tom Fletcher, también demandó que se intensifiquen «con urgencia» las medidas de contención del virus porque, caso contrario, «se perderán más vidas y la amenaza aumentará».
El titular de la oficina humanitaria de Naciones Unidas reclamó una «mayor capacidad de tratamiento» y «equipos de entierro más seguros y dignos», así como un «mejor acceso para el personal humanitario y los suministros».
«No podemos combatir el ébola de forma aislada. La población necesita servicios de salud que funcionen, agua potable, saneamiento, alimentos, protección y medios de subsistencia. Sobre todo, necesitan confianza», remarcó.
Del mismo modo, lamentó lo que consideró la «indiferencia» mundial frente a la crisis, que «debe estar en la agenda internacional» ahora y no esperar a que «el ébola cruce fronteras para actuar».
El regreso a clases despierta preocupación
En paralelo, las escuelas reabrieron esta semana en las zonas más afectadas por la epidemia en RD Congo, luego de que el Gobierno congoleño considerara que los alumnos se arriesgaban a sufrir retrasos en el aprendizaje con una modalidad a distancia.
Según un documento al que pudo acceder la agencia Reuters, el Ministerio de Educación congoleño ha clasificado a más de 1.000 escuelas como zona de alto riesgo o de transmisión activa y, en regulaciones publicadas el 19 de agosto, se establecía que esas instituciones debían sustituir temporalmente las clases presenciales por «aprendizaje a distancia», que incluía hojas de trabajo distribuidas cada dos semanas y programas emitidos por radio y televisión.
Sin embargo, un funcionario de esa cartera explicó a Reuters que el Ejecutivo congoleño «revisó su decisión inicial a petición de las autoridades provinciales, que querían garantizar que los estudiantes que viven incluso en zonas rojas no se quedaran rezagados en el currículo escolar en comparación con los demás».
Por eso, los colegios en Ituri abrieron con normalidad, aunque el oficial citado bajo anonimato por Reuters aseveró que «ante el primer indicio de un caso, cerraremos las escuelas e implementaremos la educación a distancia».
También reabrieron las escuelas en las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur –controladas por los rebeldes AFC/M23, respaldados por Ruanda–, bajo instrucciones como lavado de manos y distanciamiento social en las aulas.
La Reine Vahwere, madre de tres hijos pequeños, explicó a Reuters que les puso botellas de desinfectante antes de enviarlos a la escuela en la ciudad de Beni, en la provincia de Kivu del Norte.
«Les dije que evitaran tocarse entre sí, que no tocaran físicamente a sus compañeros. Además, voy a pedir a las autoridades que apliquen el distanciamiento social dentro de las aulas», relató.
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Ese tipo de medidas de prevención resultan clave para enfrentar al raro virus Bundibugyo, para el que no existe vacuna ni tratamiento aprobado, con algunas investigaciones en desarrollo.
La semana pasada, el Ejecutivo congoleño comenzó a distribuir entre el personal sanitario de primera línea en Kisangani, en la región nororiental de Tshopo, la vacuna Ervebo, que ha contribuido a combatir brotes anteriores de ébola y que, según la OMS, podría ofrecer cierta protección.
Con Reuters, AP y EFE
